Congreso Internacional La Dinastía de los Austria: Las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio
Madrid, 4-6 de diciembre 2009.
por Gijs Versteegen (1)
Del 2 al 4 de diciembre se celebró el Congreso Internacional La dinastía de los Austria: las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio, organizado por el Instituto Universitario “La Corte en Europa” de la Universidad Autónoma de Madrid, grupo de investigación CAM HUM/2007-0425 y la Universidad Rey Juan Carlos. Fue coordinado por el Prof. Dr. José Martínez Millán y el Prof. Dr. Manuel Rivero Rodríguez, y patrocinado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, la Comunidad de Madrid, la Universidad Autónoma de Madrid (Vicerrectorado de Investigación, Facultad de Filosofía y Letras, Departamento de Historia Moderna), la Universidad Rey Juan Carlos, el Instituto Universitario “La Corte en Europa”-UAM, Ediciones Polifemo, el Instituto Histórico Austriaco de Madrid y la Fundación Lázaro Galdiano. Durante el primer día, el congreso tuvo lugar en la Universidad Autónoma de Madrid, y los últimos dos en la Fundación Lázaro Galdiano.
José Martínez Millán introdujo el Congreso sobre la Casa de Austria, que fue durante los siglos XVI y XVII la dinastía que con más fuerza marcó la historia europea. La dinastía se dividió en dos ramas familiares separadas, que actuaban desde las cortes de Madrid y Viena, sedes respectivas del Monarca católico, que ejercía el liderazgo sobre el linaje, y del Emperador. Las interacciones entre ambas ramas no afectaron únicamente a España y el Imperio, sino también directamente a los Países Bajos y el norte de Italia, al mantenimiento de la frontera común con el Imperio Otomano y, en general, a todo el continente europeo. De este modo, el Monarca español encabezaba un orden basado en la lealtad dinástica y la defensa del catolicismo contrarreformista. Por ello, el tercer elemento imprescindible fue el Papado, que no solo marcaba espiritualmente el rumbo de las dos grandes cortes católicas, sino que también pretendió guiar los objetivos políticos de los Austria hacia un gran programa de actuación contra herejes e infieles.
El siglo XVII marcó el punto de inflexión de este orden, sobre todo la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), pues mostró tanto el cenit en la colaboración entre ambas familias como sus límites y su fracaso definitivo, que quedó cerrado con la desaparición de la rama española tras la Guerra de Sucesión (1714). La Guerra de los Treinta Años ha sido tratada en abundantes manuales, en los que las guerras han sido relacionadas con la pésima política de los Austrias, que finalmente habría desembocado en la decadencia de la Monarquía española. En la historiografía del siglo XIX, y desde una perspectiva negativa, la historia de la Casa de Austria llegó ser un pretexto para fustigar a la Iglesia, y dar un contexto histórico al anticlericalismo. Desde una perspectiva positiva, las actividades de los Austrias fueron contempladas dentro del contexto del Siglo de Oro. De esta manera se perfilaron diferentes interpretaciones según distintas ideologías e incluso en la historiografía actual se pueden distinguir una valoración negativa y una positiva. En este Congreso se propuso estudiar la Casa de Austria como una historia de familia en la que las Cortes de Madrid, Viena y Roma, con su particular funcionamiento, pueden ayudar a entender mejor las claves de la historia moderna europea.
La conferencia inaugural de Josef Forbelsky, de la Universidad Carolina de Praga, ofreció un amplio panorama de las relaciones de Bohemia con la Monarquía Católica y el Imperio en los siglos XVI y XVII, visto desde el terreno de la literatura. Distinguió en ellas tres etapas: un período de acercamiento durante el imperio de Carlos V, el desarrollo de las relaciones con Fernando II y el estallido de la Guerra de los Treinta Años en el siglo XVII. Explicó que los criterios historiográficos tradicionales nacionalistas y las interpretaciones confesionalistas y sociológicas estrecharon la perspectiva. Durante la primera etapa, Bohemia entraba en la órbita de los Austrias con Fernando I en 1526. Con esto, Bohemia, caracterizada por los problemas con la reforma husita y sensible a las polémicas religiosas, entraba en un período de apertura al humanismo. Así se publicaron en Praga obras de Juan Luis Vives, autor que ejerció influencia sobre reformados como Comenio.
Forbelsky destacó al poeta Cristóbal del Castillejo, secretario del rey Fernando, que en su obra introdujo nuevos temas, como testifica su poema sobre la vida de la Corte, y se aproximó al coloquio renacentista. Los lazos con la Monarquía Católica se estrecharon con el matrimonio entre María de Austria y Maximiliano II, cuando las costumbres y modas españolas entraron en la Corte imperial. Cinco de los hijos de María y Maximiliano fueron educados en Madrid. En 1574, Praga fue visitada por Alonso de Ercilla, el autor de “La Araucana”. Así, a través de las relaciones dinásticas se produjo una penetración de la cultura hispánica en aspectos culturales y religiosos. Al mismo tiempo que la influencia de la Reforma difundió aspectos del humanismo del Norte de Europa, que se combinaron con elementos eslavos, la influencia hispana llevaba la cultura mediterránea a Bohemia. Un ejemplo de este proceso lo constituyó el “Canto al Danubio” de Garcilaso de la Vega.
Otro aspecto de los lazos entre las dos ramas familiares de la Casa de Austria en Bohemia fueron las relaciones diplomáticas, de las cuales eran ejemplos el embajador Guillén de San Clemente, quien se ocupó de organizar la ayuda militar en la guerra contra los otomanos por el control de Hungría, y Baltasar de Zúñiga, cuyo empeño diplomático se caracterizaba por el intento de imponer la unidad confesional en el Imperio. Intervino asimismo en el conflicto dinástico entre Matías y Rodolfo. Forbelsky también destacó el papel de su sucesor el Conde de Oñate, quien maniobró para la elección de Fernando de Estiria como rey de Bohemia. Éste se caracterizó por su actitud prohispana. El estallido de la rebelión en Bohemia fue considerado por Oñate no como un problema religioso sino como un problema interno de la Casa de Austria, que debía ser sofocado pues podía llegar a destruir la costura estratégica entre Flandes e Italia. Con la guerra de Bohemia se inició la Guerra de los Treinta Años, como consecuencia de la cual se instaurarían nuevas élites favorables al monoconfesionalismo católico y la Corona de Bohemia sería declarada hereditaria de la Casa de Austria.
A continuación, en la sesión de la mañana presidida por el Prof. Dr. Fernando Andrés Robres, director del Departamento de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid, se analizó el concepto de la Monarchia Universalis y las relaciones de las dos Cortes con Roma. La ideología política de la Casa de Austria difícilmente se puede estudiar separada del concepto de la Monarchia Universalis, sobre el que reflexionó Franz Bosbach, de la Universidad Duisburg-Essen. Bosbach explicaba cómo Gattinara dio contenido al concepto relacionando la filosofía aristotélica con una interpretación teleológica de la historia, y cómo lo empleó en la construcción de la ideología política imperial de Carlos V. Además de un significado positivo, el concepto de Monarchia Universalis tuvo connotaciones negativas y fue relacionado con términos como ambitio, cupiditas dominandi, pravus, impius, iniustus. El concepto era empleado por los contemporáneos para describir el proceso de la formación de los Estados. Dentro del contexto de la Guerra de los Treinta Años, fue interpretado negativamente como una amenaza para la libertad, y sirvió como causa iusta dentro del marco del Ius ad bellum.
Alexander Koller, del Istituto Storico Germanico, se centró en el triángulo de la Corte imperial, la Corte hispana y la Curia. Ante la convergencia de intereses entre la Monarquía Católica y el Papado, respecto a la defensa de la religión católica, hubo una intensa colaboración entre los representantes que se encontraban en la Corte imperial, que fue muy eficaz en los asuntos confesionales. En este sentido, Koller destacaba el círculo en torno a la Emperatriz María en la Corte imperial, del que formaban parte sus familiares Ernesto y Maximiliano, la archiduquesa Isabel, viuda del rey de Francia Carlos IX, los embajadores españoles, miembros de órdenes religiosas, como los jesuitas, los franciscanos y los carmelitas, quienes actuaban como confesores, predicadores, y también nobles como Dietrichstein. Como cabeza del partido, la Emperatriz tuvo que contener la tendencia filoprotestante de Maximiliano II, evitar que abrazase oficialmente el protestantismo, y encargarse de que sus hijos fuesen educados en la confesión católica. Esto implicaba también cuidar que éstos asistieran a la procesión del Corpus, que constituía la profesión pública de fe por antonomasia, e impedir que siguieran la forma de comulgar de su padre. María de Austria mantuvo estrechas relaciones con Roma, y se le puede considerar como una agente de Roma. Fue a través de ella que los papas Pío V y Gregorio XIII intentaron ejercer su influencia en la Corte imperial.
El papel político del pontífice fue reducido durante las negociaciones de la paz de Westfalia. Después del fracaso de la intermediación de Roma en las negociaciones de paz de Colonia de 1635, por las protestas de los holandeses y los suecos, surgió la idea de una mediación veneciana, explicaba Stefano Andretta de la Universidad Roma Tre. La intermediación reflejaba la secularización de las relaciones internacionales, y significó una ruptura con la praxis de las incursiones arbitrales del “padre comune” de las potencias católicas, Urbano VIII. Andretta detallaba en su ponencia la evolución de las conversaciones de paz, desde un punto de vista de la intermediación veneciana, particularmente de Alvise Contarini. Explicaba cómo las negociaciones finalmente se diversificaron, lo que anticipaba la separación del bloque político-militar constituido por el Imperio y la Monarquía hispana, que había liderado la lucha por la restauración católica. Venecia, por otra parte, esperaba que con el alcance de la paz fuera posible una actuación concertada contra los turcos, algo que particularmente interesaba a la Republica, y una estabilización de la situación en Italia.
En la sesión de la tarde de la Sala A, presidida por la Prof. Dra. María Antonietta Visceglia, de la Universidad La Sapienza de Roma, se siguió profundizando en las relaciones entre la Curia y las Cortes imperial e hispana, y el significado de la confesionalidad en la política anterior a la Paz de Westfalia. Thomas Brockmann, de la Universidad de Bayreuth, evaluó la política confesional del Emperador Fernando II. La imagen de Fernando II como un monarca cuya política y personalidad fueron marcadas por la religión, tiene una larga tradición y sigue estando vigente en la historiografía actual. Una revisión de su política, a base de las “Wiener Akten”, sin embargo, muestra que estos conceptos merecen ser matizados, sostenía Brockmann. Así, hasta los años cincuenta fue dominante la idea de que Fernando II era un príncipe poco resuelto, que se dejaba guiar por su confesor y consejeros espirituales. Sin embargo, lo que caracterizó su toma de decisiones era más bien el intento de conseguir la justificación eclesiástica y teológica de los objetivos políticos establecidos previamente. Una evaluación de su ambición confesional y política imperial en la Guerra de los Treinta Años, muestra asimismo que sus decisiones se basaban principalmente en su desarrollado sentido del riesgo político antes que en consideraciones religiosas.
Las relaciones entre Roma, Viena y Madrid se articularon a través de las redes clientelares, como ya pudimos ver en el caso de la Emperatriz María. Alessandro Catalano se centró en la biografía del cardenal Ernst Adalbert von Harrach (1598-1667), que resulta reveladora a la hora de entender dichas redes. Harrach estudió en el colegio jesuita de Königgrätz (actual Hradec Králové), y marchó a Roma para continuar su formación eclesiástica. Pronto, consiguió ascender a los puestos más elevados de la curia pontificia hasta ser nombrado secretario pontificio y en 1626 fue hecho cardenal por el papa Urbano VIII. Con 25 años pasó a ser arzobispo de Praga, donde trató de aplicar la ideología y religiosidad emanadas de Roma. Por otra parte, en Viena trató en todo momento de ganarse a la facción española, tal y como muestra el diario que dejó escrito. No se olvidó Harrach de impulsar en el Imperio a numerosas órdenes religiosas, fundando iglesias y colegios y acogiendo a importantes religiosos como José de Calasanz, al que protegió y ayudó para que fuera venerado en Bohemia.
La política del papa Urbano VIII fue el tema de la ponencia de Silvano Giordano de la Universidad Gregoriana de Roma. El pontífice anterior, Gregorio XV, dio un gran impulso a la casa de Austria, tras la batalla de la Montaña Blanca. Colaboró activamente con el emperador Fernando II y la Liga Católica en su idea de restablecer la confesión católica como única del Imperio. Además, fundó la congregación Propaganda Fide, que perseguía ayudar a los intereses del emperador. Cuando ascendió Urbano VIII, se encontró con esta política agresiva de Gregorio XV, la cual trató de continuar. Sin embargo, notaba que esto no era factible. Intentó imponer un realismo político y buscó equilibrar las relaciones entre Francia y España, pero dicha política de neutralidad favoreció siempre a la monarquía francesa. Dentro de su política, además, destacaba el aumento del número de nuncios. Concretamente Urbano VIII envió cuatro nuncios extraordinarios (uno al Imperio, otro a España, y dos a príncipes italianos).
Cómo Urbano VIII intentaba imponer su política manteniendo en lo posible su independencia de las injerencias desde Viena y Madrid, lo explicaba Pétér Tusor de la Universidad Péter Pázmány de Budapest. En 1632 Urbano VIII concedió importantes subsidios al Rey español y al Emperador para la Liga Católica, gracias a la presión diplomática de los Habsburgo y particularmente a la intervención del Cardenal Pázmány. Visto el éxito que había tenido la misión de Pázmány, desde Madrid y Viena intentaron que el arzobispo de Estrigonia volviese a Roma para asistir al nuevo y poco experimentado embajador imperial Scipione Gonzaga. Sin embargo, Urbano VIII intentó obstaculizar la vuelta de Pázmány, usando como argumento la obligación de residencia de los obispos. Sobre esto, el papa promulgó la bula “Sancta Synodus Tridentina”, que puede parecer una última consecuencia lógica del proceso de reforma de Trento. Sin embargo, el malogrado envío de Pázmány a Roma, muestra que los motivos reales fueron más bien políticos.
El siguiente bloque del Congreso, presidido por Dr. Karl Rudolf del Instituto Histórico Austriaco de Madrid, tuvo como tema la expresión cultural y artística de la ideología política de la época de la hegemonía de la Casa de Austria. Macarena Moralejo Ortega, de la Universidad de Valladolid, trató las noticias contemporáneas a la boda entre Francisco de Medici y Bianca Cappello en 1579, a base de documentos inéditos, particularmente la misiva del humanista y erudito Berdizzotti. A éste se le conoce no por sus obras escritas sino por su labor de secretario de Tiziano desde 1557, pese a ser también pintor. La carta era una “lettera aperta” para un prelado veneciano que demandaba información sobre el viaje de Bianca de Venecia a Florencia y las circunstancias del enlace. El texto sigue también las pautas del “ragguaglio” dando relación de Florencia, sus atracciones y los fastos de la boda.
El emisor y el receptor eran muy favorables a esta unión, porque la boda del Gran Duque con su amante permitía a una compatriota patricia veneciana convertirse en soberana de la Toscana y, de esta manera, se podían tejer nuevas redes de influencia para la Serenísima Republica. El veneciano quedó encantado con la grandeza de las calles y edificios de Florencia, el lujo y fastuosidad del Palazzo Pitti y los jardines Boboli y, sobre todo, el Duomo. Los frescos de su cúpula acababan de ser terminados por su amigo el urbinés Federigo Zuccari. Los recogió con términos elogiosos frente a las contemporáneas críticas de los artistas toscanos. También recogía la excursión que en septiembre de 1579 organizó el Gran Duque para mostrar a sus invitados su flamante Villa di Pratolino, prácticamente finalizada. Constituye un texto único por su cercanía a la inauguración y sus detalles sobre los proyectos e ideas artísticas de Francesco de Medici, con las que pretendió restaurar el prestigio de su dinastía.
Agustín Bustamante García, de la Universidad Autónoma de Madrid, se centro en la empresa descomunal de la construcción de El Escorial, conocida por los propios contemporáneos como la “Octava Maravilla del Mundo”. Guarda en su arquitectura funeraria el inmenso mausoleo, de “escala heroica”, donde se enterraban los monarcas hispanos desde Carlos V, a imitación de los grandes mausoleos de época romana. Dicho monumento, por su amplitud, rompió con la tradicional forma de enterrarse que hasta entonces tuvieron los monarcas y buscaba resaltar la idea imperial de los Austria españoles. Se trata de una capilla mortuoria circular que, a modo de columbario, guarda en las paredes las urnas de los reyes. Felipe II trató de mostrar con el mausoleo escurialense una dinastía tan importante como era la descendiente de su padre el emperador Carlos V, cuyo mausoleo debía imitar al de los grandes emperadores romanos.
Inocencio XI, ¿”papa nemico dell’arte”?, era la pregunta que se planteaba Andrea Spiriti de la Universidad dell’Insubria. Inocencio era artífice de la política antifrancesa. En su caso, las relaciones entre arte y política son especialmente interesantes, pues era un Odescalchi, emparentado con los Arese. En Milán comisionaba a un grupo de artistas, ligado a un horizonte cultural milanés-imperial, en el que encontramos a Andrea Pozzo, y que ante la crisis dinástica de la Monarquía católica eran contratados por grandes personajes austriacos, como los Trautmansdorf, que mostraban con ello una opción política en cuyo ambiente se crió el joven Benedetto Odescalchi. Como obispo de Novara y cardenal, mostraba una preferencia en sus elecciones artísticas por modelos y temas hispanizantes, lo cual se expresaba, entro otros, en una inspiración en El Greco, en el tema del culto de la Inmaculada, y en la retratística.
Relacionado con esto estaba la llegada de Pozzo a Roma, por voluntad de Inocencio XI. Éste hizo política con su patrocinio artístico, criticando los excesos de un papa como Inocencio X y un arte más centrado en la exaltación del linaje papal. Su principal iniciativa fue el enorme hospicio de San Michele a Ripa Grande, que priorizaba la faceta de utilidad pública. Por su crítica al nepotismo, no hizo un gran Palazzo Odescalchi en Roma, sino lo construyó en su Como natal, con un programa artístico alusivo a la causa imperial y la celebración de la liberación de Viena. En ello hay una exaltación de la política austriaca, tanto en su faceta de lucha contra el Turco como frente a Francia. Pero además explicitaba una elección política de Austria como sucesor en Lombardía.
La siguiente jornada, el Congreso abrió con una sesión en la Sala A, presidida por el Prof. Dr. Vittorio Sciuti Russi, de la Universidad de Catania, sobre las relaciones familiares entre las dos ramas de la dinastía. María José Rodríguez Salgado de la London School of Economics se centraba en el fracaso de las negociaciones respecto al matrimonio entre Rodolfo II e Isabel Clara Eugenia. Rodolfo rechazó la propuesta de Felipe II, por motivos que hasta ahora no han sido explicados en la historiografía. La frustración del intento de arreglar la boda puede clarificar las complejas relaciones dinásticas entre las dos ramas. A primera vista, las relaciones presentan muchas paradojas. Así, Maximiliano II es conocido por su filoprotestantismo y su poca afinidad con la Corte española. Sin embargo, se casó con María de Austria, y permitió que sus hijos recibieran parte de su educación en la Corte de Felipe II.
Las relaciones poco fluidas entre Rodolfo II y sus familiares españoles, en cambio, no pueden haber tenido como motivo diferencias confesionales, puesto que no existía ninguna duda respecto a la ortodoxia del Emperador. Un examen estructural de los conflictos que hubo entre las dos ramas, como la política a seguir frente al Imperio Otomano, y la posesión de Milán y de los Países Bajos, tampoco clarifica la actitud de Rodolfo, puesto que no existían fricciones respecto a estas cuestiones durante su gobierno. En realidad, existió un problema de jerarquía, puesto que Rodolfo, como Emperador, no podía actuar como cabeza de familia y no aceptó que este papel fuera asumido por el rey español. Justamente, la política matrimonial correspondía al jefe de dinastía, y esto aclara por qué Rodolfo no quiso consentir en su casamiento con Isabel Clara Eugenia.
A continuación Katrin Keller de la Universidad de Viena presentó algunos de los resultados del proyecto dedicado a la edición de los diarios de Ernst Adalbert von Harrach, sobre cuya biografía el profesor Catalano ya había revelado algunos aspectos. Harrach, proveniente de una familia muy relacionada en la Corte imperial, inició una exitosa carrera que culminó en 1626 con su elevación a la dignidad cardenalicia. Sin embargo, después de estos éxitos iniciales, Harrach fue confrontado con una serie de problemas, como la caída de Wallenstein, con quien su familia estaba muy relacionada, y sus diferencias con los Jesuitas, que debilitaron su posición. A principio de los años 1640 llegó a perder la confianza de Fernando III. No obstante, a partir de 1644 supo entrar nuevamente en la gracia del Emperador. Sus diarios y notas contienen valiosa información sobre su vida cotidiana, pero también sobre los sucesos políticos, el desarrollo de la Guerra de los Treinta Años, y las negociaciones de la Paz de Westfalia. Un aspecto interesante de sus escritos lo constituyen sus notas sobre los conflictos ceremoniales que surgieron durante el acompañamiento de María Ana de Austria desde Italia a la Corte en Viena. Estos eran una consecuencia de las diferencias entre el ceremonial de la Corte española y la Corte imperial.
Juan Manuel Carretero Zamora, de la Universidad Complutense de Madrid, analizó la creación de una fiscalidad de guerra en Artois y el Flandes francés, en la época de Luis XIV. Explicaba que se produjo un cambio sustancial con el gobierno de este rey. La política fiscal de los Habsburgo siempre se había pactado con las asambleas de los Estados, y consistía en dos tipos de prestaciones: la ayuda ordinaria y los subsidios extraordinarios. En las negociaciones entre los Estados y los archiduques, se establecía la cantidad de los subsidios y ayudas y el mantenimiento de ciertos privilegios o la anulación de determinados decretos para facilitar el comercio. Luis XIV, sin embargo, era poco proclive a pactar y empezó a dinamitar el poder de las asambleas respecto a la política fiscal, rompiendo así con la tradición de los Austria. Introdujo una nueva fiscalidad con el concepto del “don gratuito”. Esto condujo a un incremento paulatino de la presión fiscal, con un gran aumento durante la Guerra de Sucesión.
Las relaciones entre las dos familias de la Casa de Austria fueron examinadas por Renate Schreiber, de Viena, a través del archiduque Leopoldo Guillermo de Austria, gobernador de los Países Bajos desde 1647 hasta 1656. Desde el momento de su llegada, el archiduque fue observado con recelos en Bruselas, por temor a que dejara prevalecer los intereses imperiales antes de los de la Monarquía hispana. Esta desconfianza determinó su tormentosa relación con el conde de Fuensaldaña. Prácticamente el único confidente de Leopoldo Guillermo en la Corte de Bruselas fue el conde de Schwarzenberg. No obstante, la actitud de Fuensaldaña cambió a partir del verano de 1654, después de la muerte de Fernando IV de Hungría, quien había sido el candidato para la infanta española María Teresa. La razón fue que en Madrid se empezó a barajar la candidatura de Leopoldo Guillermo, como esposo de la infanta. Una propuesta que no se llevó a cabo. Finalmente, el archiduque dejo Bruselas con alivio, y fue sustituido por Juan José de Austria.
Enrique Solano Camón, de la Universidad de Zaragoza, analizó las relaciones entre las dos ramas familiares dentro de un escenario histórico más amplio, desde que Carlos V fue coronado Emperador en 1519 hasta los tratados de partición. Se concentró en lo que llamó el espejismo de una concepción unitaria de la política de la Casa de Austria. Resaltó la divergencia de los intereses, y el valor del testamento de Carlos II que, sostenía Solano Camón, constituyó un intento de prevenir la división interna en un momento en que el concepto de la Monarquía Universal estaba perdiendo su significado dentro de una evolución política hacia los Estados nacionales.
El mismo personaje retratado por Schreiber, fue objeto de la ponencia de René Vermeir de la Universidad de Gante. Teniendo en cuenta los recelos con los que Leopoldo Guillermo fue tratado en Bruselas, se pregunta cuál había sido el motivo del nombramiento del archiduque. Vermeir explicaba que el rey solía elegir a un miembro de la familia real para el cargo y que, en caso de no encontrar un candidato idóneo en la rama española, se apeló a la rama austriaca. El nombramiento era un factor importante para el entendimiento entre el soberano y sus súbditos, quienes reclamaban como uno de sus prerrogativas la presencia del soberano en el territorio. Puesto que Carlos V había nacido y se había criado allí, se consideró a los Países Bajos como tierra de origen de la dinastía. La presencia de un príncipe de la sangre también ofrecía ventajas al rey, pues era como si estuviera presente él mismo, algo que favorecía la estabilidad.
La candidatura de Leopoldo Guillermo, sin embargo, se produjo cuando las relaciones entre las dos ramas familiares no eran óptimas. Después de la Tregua de los Doce Años, Madrid había pedido reiteradamente al Emperador que se comprometiera claramente en la lucha contra los rebeldes. El Emperador, no obstante, quería mantenerse aparte. Además, necesitaba la autorización de la Dieta, algo que era complicado lograr con vistas a la guerra interna del Sacro Imperio, y la amenaza de los turcos. Por otra parte, el personaje de Leopoldo Guillermo implicaba riesgos políticos para Madrid. No era español, y con esto surgieron dudas respecto a su fidelidad a la rama española de la Casa de Austria. Esta era una cuestión especialmente delicada por su importancia durante la elección imperial. El gobernador de Flandes estaba situado para seguir de cerca la elección y podía influir en ella.
En la Corte de Madrid, los consejeros Virgilio Malvezzi y Miguel de Salamanca no veían con buenos ojos la candidatura de Leopoldo Guillermo, quien tenía fama de no aceptar órdenes. Temían que Viena aun no hubiera aceptado que Carlos V otorgara la herencia flamenca a Felipe II y que la familia austriaca siguiera deseando la incorporación de los Países Bajos dentro de sus territorios. Además, si Leopoldo Guillermo desempeñaba su papel con éxito, aumentaría su reputación entre los súbditos, quienes podrían llegar a considerar que sus intereses estaban mejor defendidos por la rama vienesa. Finalmente, se impuso el argumento de la necesidad de que Flandes estuviera gobernado por un príncipe de la sangre con tal de poder disciplinar a las élites y se decidió rodearle de confidentes españoles para cuidar los intereses de la Corte española.
En la sesión de la sala B, presidida por el Prof. Dr. Pere Molas Ribalta, de la Universidad de Barcelona, tuvieron lugar una serie de conferencias sobre la política respecto a los problemas sucesorios de la dinastía en el siglo XVII. Así, Lucien Bély, de la Universidad de la Sorbonne IV, habló sobre la política mantenida por la Casa de Austria y la Casa real de Francia, analizando el enredo de los vínculos personales, los enfrentamientos políticos y las negociaciones diplomáticas. El interés de los Valois y Borbón en un enlace con un miembro de la familia de la Casa de Austria, tenía como motivo el honor y la reputación que esto aportaría a su dinastía. Además, los enlaces marcaron los momentos de paz entre las dos monarquías. Tras Vervins esta política matrimonial volvía a tomar cuerpo, y fue animada por la reina francesa María de Medici, hija de Juana de Austria. La Monarquía Católica, por otro lado, veía con buenos ojos un nuevo enlace, pues favorecía su política de pacificación. La negociación se llevó a cabo con la condición de la renuncia de Ana a sus derechos al trono de España, con lo que la Monarquía estaba imponiendo sus reglas a “la sociedad de príncipes”. Durante la Guerra de los Treinta Años, Ana se convirtió en una figura sospechosa, por ser de la Casa de Austria, y mantener vínculos secretos con la familia. Mazarino volvió a la idea de una boda con un miembro de la rama española de la Casa de Austria en 1646, aprovechando la debilidad de la Monarquía y esperando la paz a cambio de los Países Bajos.
La muerte de Baltasar Carlos dio perspectiva a la sucesión de España. Desde 1656, empezaron las conversaciones con Luis de Haro para el enlace matrimonial. Finalmente fue establecido en 1659, con la Paz de los Pirineos. María Teresa renunció a sus derechos, y Luis XIV lo reconoció. Sin embargo, una vez casados, no lo confirmó. En 1661, entre la muerte de Felipe Próspero y el nacimiento de Carlos II, el Delfín fue el presunto Príncipe de Asturias. Felipe IV reforzó entonces los lazos con Austria a través de la boda de Margarita Teresa con Leopoldo I y un acuerdo secreto para que éste fuera su sucesor. Con la Guerra de Devolución, Luis XIV no sólo ganó plazas, sino también el reconocimiento de Leopoldo I de sus derechos al trono español. El plan de la sucesión de José Fernando de Baviera fracasó por la muerte de éste, y en 1699 se negoció la sucesión del archiduque Carlos a cambio de cesiones territoriales a Francia. Sin embargo, Luis XIV temió que una vez en Madrid, Carlos se hiciera heredero universal, y en el último momento impuso a Felipe de Anjou. Madrid lo aceptó, y con esto quedó en evidencia la debilidad de lazos de la Casa de Austria y la disminución del poder militar del Imperio. Así se impuso la imagen de que sólo Francia podía defender el patrimonio total de la Monarquía.
Los problemas sucesorios en el Imperio fueron analizados por Jan Paul Niederkorn de la Österreichische Akademie der Wissenschaften. Mientras la mayoría de los emperadores Habsburgo de los siglos XVI y XVII consiguieron dejar resuelta la elección de un sucesor durante su vida, Rodolfo II y Matías murieron sin que se hubiera arreglado su sucesión al trono imperial, y esto, a pesar de que la cuestión había sido muy importante durante el gobierno de ambos. Rodolfo consideraba la elección de un sucesor como Rey de Romanos una amenaza para su poder, y lo intentaba evitar con todos los medios posibles. Sin embargo, la asignación de un candidato católico de la Casa de Austria, no sólo fue una necesidad política para los demás archiduques, sino también para la Curia romana y España, por el temor que de lo contrario fuese elegido un protestante o Enrique IV de Francia. Esto significaría una amenaza para la continuidad de la confesión católica en Alemania y la soberanía española en Flandes, pero también en Milán y Nápoles. A pesar de los esfuerzos del nuncio papal, el enviado español Guillén de San Clemente y Baltasar de Zúñiga, y también de algunos príncipes electores, no resultó posible llevar a cabo la elección de un Rey vivente imperatore. Es interesante observar que Felipe III apoyaba alternativamente a distintos archiduques, a la vez que consideraba su propia candidatura.
La misma noche de la elección, el estéril y ya no tan joven Matías fue confrontado por Zúñiga con la petición de arreglar su sucesión, y se mostró dispuesto a encaminarlo. Sin embargo, poco después, fue el rey Felipe mismo quien amenazaba la elección, por su insistencia en asegurarse una indemnización por la renuncia a sus pretensiones a las coronas de Bohemia y Hungría. Sólo cuando esto hubo sucedido con el (secreto) tratado de Oñate, que, entre otras le aseguraba la adquisición de las posesiones de los Habsburgo en Alsacia y los feudos imperiales en Italia, comenzó el empeño español por la elevación del archiduque Fernando de Estiria. Sin embargo, esto fue estorbado por el ministro principal de Matías, el cardenal Klesl, de manera que Fernando sólo pudo ser elegido después del estallido de la revuelta de Bohemia y la muerte del Emperador.
Jesús María Usunariz de la Universidad de Navarra, reflexionó sobre el crucial Tratado de Oñate. Se preguntó por qué la Monarquía Católica volvió a la alianza agresiva de los Habsburgo, después de que a principios del siglo XVII mantuviera una política de tranquilidad para volver a grandes objetivos después. Álamos de Barrientos explicó esta política manteniendo la paz en Italia, la cesión de Flandes y quietud con Francia. El discurso de Álamos se correspondería con la política pacifista de Felipe III. En este texto el Imperio es un frente secundario, y en el que no hubo mucho entusiasmo para mantener una política conjunta con el Emperador. La política exterior se pudo mantener calmada con esfuerzo diplomático y la muerte de Enrique IV. Al final, después de una política de tira y afloja, se llegó al Pacto de Oñate, con la cesión de derechos a condición de la prioridad de la línea masculina de Felipe III ante la femenina de Fernando, y una recompensa territorial que no se explicitó, y que quedó para el futuro como agradecimiento por sus socorros.
Lerma y Olivares coincidieron en querer la conservación del patrimonio, conquistar o controlar los Países Bajos, frenar el avance protestante, conservar el status quo en el Mediterráneo e Italia. La política de Lerma quedó fracasada con Amberes, Asti y Pavía, y Alemania se convertía en frente crucial. El nuevo espíritu de la política exterior fue “O una buena guerra o se nos irá perdiendo todo”, en el que se asegurase la hegemonía con el control de Alsacia, invasión del Palatinado y la Valtelina y el de Bohemia con la batalla de la Montaña Blanca. Pero esto arrinconaba a Francia y despertaba sus celos. Holanda temía que se renovaba con Olivares el AEIOU [Austria est imperare orbi universo], y acabó con la política de Treguas.
Las relaciones entre las dos ramas de la Casa durante y después de la paz de Westfalia, fueron el tema de las siguientes conferencias. Alistair Malcolm, de la Universidad de Limerick, se centró en el conde de Peñaranda. Éste era un ministro con experiencia y autoridad, y su envío a Viena mostraba la renovación de la alianza dinástica tras el abandono de 1648. La nueva alianza se intentaba plasmar en las condiciones de una boda de Mariana de Austria y el apoyo de Austria a los ejércitos de Felipe IV en la guerra contra Francia. Pero Peñaranda trató sobre todo una Liga para los príncipes del Norte e intentó organizar un nuevo congreso de paz entre España y Francia. Sin embargo, Haro, que era su valedor, no estaba interesado en llegar a la paz, con lo que el embajador quedó maniatado. La alianza dinástica tuvo visos de renovación en 1655 con la invasión sueca de Polonia. Fernando III mandó un embajador a Madrid en busca de apoyo. El Consejo de Estado respondió con flema, mostrando voluntad pero aduciendo falta de fondos y preferencia por reforzar los ejércitos en Flandes.
Sin embargo, el bloqueo naval inglés impedía a España mandar refuerzos a Flandes, con lo que en 1656 la Monarquía se vio obligada a pedir socorro a Fernando. Éste se mostró muy colaborador y mandó tropas a Milán, las primeras en una década. Auersperg, presidente del Consejo secreto, parece haber sido el personaje clave que influyó en esta decisión. Quiso seguir una política prohispana, de manera que los militares que no fueron a Polonia se destinaron a Flandes. En este contexto, se necesitaba un embajador con autoridad y capacidad en la corte imperial, por lo que se decidió enviar a Peñaranda en 1657. Leopoldo sustituyó entonces a Fernando y Auersperg fue sustituido por el conde Porcia. La coronación imperial se retrasó hasta 1658, y mientras tanto se hicieron levas ilegales en el Imperio. Peñaranda mostró una política conciliadora. Presionó para cerrar las guerras en Milán y Francia y favoreció el Tratado de los Pirineos. Los esfuerzos para conseguir el apoyo imperial en la guerra de Flandes, sin embargo, no dieron resultados, pues Leopoldo prefirió mandar sus tropas a Polonia.
Michael Rohrschneider, de la Universidad de Köln, tuvo como tema de su ponencia la separación de las dos ramas de la Casa de Austria en las negociaciones de la Paz de Westfalia. En el tratado de paz entre el Emperador y el Rey de Francia, firmado en Münster el 24 de octubre de 1648, Fernando III se comprometía en el párrafo 3 del Instrumentum Pacis Monasteriensis, a dejar de brindar apoyo militar a España en la guerra franco-española. Con esto, Francia conseguía lo que se había intentado evitar en el lado español: la separación entre las dos ramas de la Casa de Austria. España tendría que enfrentarse ahora a Francia sin poder contar con la ayuda militar del Emperador. Así terminó lo que había sido una constante en las relaciones internacionales en el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, caracterizadas por la cooperación entre los Habsburgo españoles y austriacos. La imposición de una actitud de neutralidad al Emperador en este conflicto, puede ser considerada como uno de los grandes éxitos de la política francesa en el Congreso de Münster.
La diplomacia española e imperial, al inicio del Congreso, partió del concepto político, que se ha denominado como Pax Austriaca o Austriacismo, basado en el establecimiento de una paz condicionada por la hegemonía de la casa de Austria en Europa, y la lucha de Madrid y Viena por la defensa de la confesión católica. Felipe IV y Fernando III habían dado expresas instrucciones de cooperar mutuamente a sus enviados. Sin embargo, los intereses divergentes de las dos ramas finalmente resultaron en una separación. Desde finales de 1646 hasta la conclusión de la paz el 24 de octubre de 1648, los contactos entre los enviados españoles e imperiales fueron cada vez más superficiales. Bajo la presión política y militar de Francia y Suecia, y la insistencia de los Estados del Imperio por la paz, Fernando III ya no se vio capaz de continuar la guerra. El precio fue la exclusión de España del Instrumentum Pacis Monasteriensis, algo que no había sido previsto por el enviado español, el duque de Terranova. La reacción de Felipe IV, sin embargo, fue relativamente moderada, puesto que estaba convencido de que el Emperador había cedido bajo la presión de los Estados imperiales y sus consejeros. La Pax Austriaca en realidad nunca había tenido mucha posibilidad de éxito, por el problemático trascurso de la guerra, y el fallo de los enviados imperiales y españoles en desarrollar una política de Congreso común y detallada.
Lothar Höbelt, de la Universidad de Viena habló sobre las negociaciones para los dobles matrimonios de 1654-1657 entre las Cortes de Madrid y Viena. España necesitaba ayuda en el contexto internacional de la década de 1650 para poder luchar contra Francia. Dentro de las luchas faccionales de la Corte madrileña, algunos ministros esperaban la muerte de Felipe IV para no llevar a cabo una boda que no querían, prefiriendo la boda con Saboya. Andrea Weindl, del Institut für Europäische Geschichte de Mainz, tuvo como tema España y la Liga del Rin de 1658. Ante el temor a que España y el Imperio volviesen a reunirse en la misma persona, Francia intentó impedirlo en 1658, enviando embajadores a Frankfurt y Madrid. A Madrid para la paz, y a Frankfurt para promover la candidatura de Leopoldo al Imperio. Francia y España intentaron estorbar la labor de los electores. Mazarino quiso retrasar la elección hasta la paz con España, pero los electores se negaron.
El tema de las sesiones de tarde en la Sala A, presidida por el Prof. Dr. Alfredo Floristán, de la Universidad de Alcalá de Henares, fue la relación entre la religión y la política en la Corte imperial y la de la Monarquía Católica. Tomás Albaladejo Mayordomo, de la Universidad Autónoma de Madrid, hizo su exposición sobre Francisco Terrones del Caño, predicador de la Corte de Felipe II desde 1588. Terrones del Caño escribió un tratado titulado “Instrucción de predicadores”, que explicaba cómo había conseguido serlo y en qué medida se había acercado a lo que él consideraba el ideal de perfecto predicador. Enumeraba también las cualidades de un predicador, cómo debían ser los sermones, la elocución y pronunciación, y la memorización del discurso. Sus sermones fueron muy populares especialmente los de las honras fúnebres de Felipe II y Margarita de Austria, ambos por encargo de Felipe III. Éste le confirmó en el cargo de confesor hasta 1601, cuando fue nombrado obispo de Tuy, y obispo de León.
El personaje de Sor Margarita de la Cruz, fue tratado en la ponencia de Frédérique Sicard, de la Universidad de Caen. Sor Margarita llegó a España acompañando a su madre la Emperatriz María. Su espiritualidad radical la llevó pronto, en 1584, a entrar en el Monasterio de las Descalzas Reales. No obstante, esta decisión no la apartó de la política cortesana en tiempos de Felipe III. Margarita, quien era protectora de los Jesuitas, y estaba muy cerca del Padre Haller, llegó a constituir una red clientelar diversificada y potente. Las numerosas dedicatorias de libros a ella, muestran que su protección estaba muy solicitada. Fue vista como una importante intermediaria ante el Rey, por la piedad de Felipe III, y la influencia en la Corte.
Sicard explicaba que, en este sentido, no se puede menospreciar el papel de esta monja a la hora de estudiar la caída en desgracia del duque de Lerma, ya que ella junto a su madre y su sobrina la reina Margarita de Austria, trataron de apartar al valido del rey de la corte. Sor Margarita de la Cruz jugó un papel fundamental como representante de los Habsburgo de Viena en la corte madrileña, que consideraban a Lerma un peligro para sus intereses. Además, Margarita fue considerada por el papa Gregorio XV como su confidente en la corte española, y Urbano VIII reconocía su trabajo en favor de los intereses de Roma. En la historiografía, la caída de Lerma siempre ha sido atribuida al confesor Aliaga y el duque de Uceda. Sin embargo, la intervención de Sor Margarita resultó de gran importancia en el suceso. La “iconografía pía” de la sobrina de Margarita de la Cruz, la reina Margarita, fue analizada por Sabina de Cavi, de la Flemish Academia Centre for Science and the Arts. Los retratos muestran sus cualidades de reina piadosa, y los objetos o animales que la acompañan como símbolo de fidelidad conyugal. En la producción artística de esta reina prevalecían los retratos de la pareja, que fue el modelo iconográfico más utilizado durante el reinado de Felipe III y su esposa.
En la sesión de la Sala B, presidida por el Prof. Dr. Josep Juan Vidal de la Universidad de las Islas Baleares, se examinó el impacto de la Guerra de Sucesión en los reinos de Cerdeña y de Mallorca, y las consecuencias de ésta para la Corte imperial, y se terminó con un panorama sobre la manera en la que los Austrias intentaron mantener la fidelidad del Principado mediante su presencia personal. El profesor Lluís Guía, de la Universidad de Valencia, abrió la sesión con una ponencia sobre el impacto del conflicto sucesorio para los oficiales reales de Cerdeña. La isla era uno de los territorios más hispanizados de la Monarquía hispánica, resaltaba Guía. Esta circunstancia convierte las dos primeras décadas del siglo XVIII en un período interesante, puesto que terminó con la incorporación de la isla dentro de los territorios del duque de Saboya y el inicio de su italianización.
De este período sólo algunos hechos aislados han merecido el interés de los historiadores, mientras que la historia local tampoco ha prestado mucha atención a estos decenios. La investigación de Guía sobre los oficiales reales muestra que es necesario revisar la tradicional cronología histórica, en la que se dedica sobre todo atención a las fechas de 1700, por la muerte de Carlos II, 1708 cuando Cerdeña pasó a la causa de Carlos de Austria, y 1714 con el final del conflicto sucesorio. Sin embargo, en la historia sarda, el período hasta 1717 fue caracterizado por una gran continuidad política institucional, que terminó con la invasión de Felipe V y el regreso de la isla a su poder y, finalmente, en 1720, cuando Cerdeña fue cedida al duque de Saboya.
La Paz de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión, tampoco se puede considerar una fecha conclusiva en cuanto a la rivalidad entre Carlos VI y Felipe V, que siguió estando presente durante sus reinados, argumentaba la profesora Virginia León Sanz de la Universidad Complutense. Después de la muerte de José I, Carlos VI accedió al trono sin renunciar a la herencia española, y aspirando a un segundo imperio tan grande como el de Carlos V. La Guerra de Sucesión terminó finalmente con la incorporación dentro de la Monarquía austriaca de los antiguos territorios españoles en Italia y en los Países Bajos. En 1713 Carlos hizo constituir el “Consejo Supremo de España”, formado por cuatro Negociaciones o Secretarías provinciales correspondientes a Nápoles, Cerdeña, el Estado de Milán y Flandes, a las que se añadieron la Secretaría del Sello, la Secretaría de la Presidencia y la Tesorería o Receptoría del Consejo. Don Ramón de Vilana Perlas, marqués de Rialp, fue nombrado como Secretario de Estado y del despacho para los asuntos de Italia y Flandes.
Este Consejo de España significaba el rechazo del archiduque a reconocer a Felipe V, y era un instrumento para la constante reivindicación de la herencia española. La creación del Consejo ha sido considerada como una modernización institucional en la Monarquía austriaca, y un cambio en el estilo de gobierno. El Consejo fue el núcleo de un partido español en la Corte vienesa, que causó recelos entre los ministros austriacos. Esta actitud, y una bien diseñada propaganda borbónica, han contribuido a la tradicional imagen negativa de los ministros españoles, que ejercían un papel fundamental dentro del gobierno imperial. El Consejo de España, finalmente, fue sustituido en 1736 por el Consejo de Italia.
La suerte de los austracistas bajo el reinado de Felipe V fue estudiada por el profesor Eduardo Pascual Ramos de la Universidad de las Islas Baleares en su ponencia sobre la confiscación y secuestro de los bienes en el reino de Mallorca tras la Guerra de Sucesión. Después de la rendición de Mallorca en 1715, se concedió un plazo de tres meses a quienes desearan exiliarse. El secuestro y la confiscación de los bienes de los desafectos a la nueva Monarquía fueron utilizados como medio represor y fórmula ejemplarizadora de castigo. La investigación de Pascual Ramos se hizo a base de la documentación de la Junta de Secuestros, que abarca íntegramente su período de actividad. Las confiscaciones se llevaron a cabo sobre bienes de civiles, como juristas y militares, y no de eclesiásticos.
La manera en que los reyes españoles intentaron establecer una relación con los muchos y diversos territorios de la monarquía, a través de sus visitas, que tenían un alto significado político, fue tratada por María Ángeles Pérez Samper, de la Universidad de Barcelona. Ofreció un panorama de las visitas reales a Barcelona, desde las de Carlos V hasta el establecimiento de la Corte de Carlos VI en esta ciudad. Así el Emperador visitó Barcelona en 11 ocasiones, muy distintas. Cabe destacar la estancia de la Emperatriz en 1533 en Barcelona para recibir a Carlos V, cuando éste regresó de Italia. Hizo un encendido elogio del Emperador y una exaltada defensa de la fe y la lucha con el Turco, con el que se intentó incorporar el Principado dentro del proyecto de la Monarquía Universal. El Emperador asistió de manera discreta, contemplando la ceremonia. Felipe II visitó el Principado en seis ocasiones, cuatro como príncipe y dos como rey. En la visita de 1564 fue a Barcelona para recibir a sus sobrinos los archiduques Rodolfo y Ernesto, hijos de la Emperatriz María y Maximiliano II, que habían venido para ser educados en la corte española. La visita fue ocasión de fiestas especiales y un potenciado aparato lúdico. Las fuentes sobre la visita de Felipe IV revelan muchos detalles curiosos, como el protagonismo del mar en las fiestas. En 1626, cuando Felipe IV llegó a Barcelona, antes de entrar en la ciudad, lo primero que quiso fue ver el mar. Finalmente, la última presencia de un príncipe de la Casa de Austria, fue la del archiduque Carlos, que estableció su Corte en Barcelona. La ciudad consiguió de esta manera su deseo de tener a su rey presente.
El día 4 de diciembre, en la Sala A, presidida por Juan Antonio Yeves, bibliotecario de la Fundación Lázaro Galdiano, se celebraron una serie de conferencias sobre las relaciones entre la Monarquía católica y el Imperio, esta vez estudiadas a través del Archiduque Alberto, Carlo Manfredi, Saavedra Fajardo, Samuel von Pufendorf y el III marqués de los Vélez. La conferencia de Luc Duerloo, de la Universidad de Antwerpen, tuvo como tema el archiduque Alberto, y las relaciones entre las cortes de Madrid, Viena y Bruselas. La falta de reglas claras en la herencia de los Habsburgo fue un factor de inestabilidad y tensión determinante en las relaciones entre el archiduque Alberto y su hermano Rodolfo. El Emperador prometió a su hermano darle Finale y Piombino, pero Alberto no los quiso, ya que desde un principio pensó que en el reparto de la herencia le correspondía Alsacia. Una vez que falleció Rodolfo, el archiduque comenzó a negociar con el nuevo emperador Matías, su otro hermano, la cesión de Finale y Piombino.
Pierpaolo Merlin, de la Universidad de Cagliari se centró en la figura del conde Carlo Manfredi (1551-1618), y concretamente en su misión a Praga efectuada en 1604-1605. Manfredi, que perteneció a una de las familias principales de Piamonte, nunca se mostró como un hombre de guerra sino como un noble instruido, un gran diplomático. En 1595 fue nombrado mayordomo mayor de la duquesa de Saboya, Catalina Micaela, hija de Felipe II, lo que le permitió estar en una posición privilegiada en las relaciones de la corte de Saboya con Madrid, París y Viena. Durante su misión a Praga en 1604, ante el emperador Rodolfo II, Manfredi se marcó un objetivo, que era el de estrechar lazos entre la corte imperial y la de Saboya. No obstante, no tuvo demasiado éxito.
La actividad de Saavedra Fajardo en la política centro-europea (1633-1646), fue analizada por Tibor Monostori de la Universidad ELTE de Budapest. De estirpe noble, emparentado con los marqueses de Vélez, el protagonismo diplomático de este personaje era innegable. Comenzó en 1612 como secretario de cifra del cardenal Gaspar de Borja, embajador español en Roma. Asistió a los cónclaves que eligieron a los papas Gregorio XV (1621) y Urbano VIII (1623). Tras permanecer un tiempo en Italia, su actividad diplomática no conoció descanso, pues se había ganado la confianza de Felipe IV y se encargó de gestionar una parte muy importante de sus relaciones políticas durante treinta y cinco años en Italia, Alemania y Suiza.
En 1633 se marchó a Baviera, en plena Guerra de los Treinta Años. Su actividad diplomática se intensificó en lo que fue la parte más dura de su carrera, con la declaración de guerra de la Francia gobernada por Richelieu a la Corona española en 1635, y las sucesivas derrotas de las tropas españolas a manos de los franceses. Entre 1635 y 1648 se suceden los períodos de guerra con varios intentos de solución por medio de tratados, en gran parte de los cuales intervino Saavedra procurando defender los intereses de la Monarquía Católica como ministro legado en el congreso de paz de Westfalia, participando activamente en las sesiones que tuvieron lugar en la ciudad de Münster, donde se firmó la independencia de los Países Bajos.
Monique Weis, de la Universidad Libre de Bruselas, reflexionó sobre los comentarios de Samuel von Pufendorf respecto a la Monarquía hispana. Samuel von Pufendorf (1632-1694), fue un jurista e historiador alemán y ejerció como profesor de derecho natural en las universidades de Heidelberg, Lund y Berlín, e historiógrafo de la corte sueca y de Brandemburgo. Escribió una obra titulada “Introducción a la historia de los reinos y estados más importantes que se encuentran en este tiempo tan complicado”. En ella, dedicaba un capítulo al estudio de la Monarquía de Felipe II, al que culpó de muchos errores políticos que él consideraba brutales, como fue el caso de la agresiva política en Flandes contra los protestantes. Pufendorf sostenía que el dominio y opresión del Monarca hispano en Flandes era fruto de sus aspiraciones a una conquista de Francia e Inglaterra desde los Países Bajos. Resulta interesante el capítulo que el historiador alemán dedicó a la Monarquía Hispana para conocer la visión de la política de Felipe II a ojos de los protestantes alemanes, y cómo resaltaba aspectos de la célebre “leyenda negra”. La instrumentalización de la religión para fines políticos es la conclusión a la que llegó este autor a la hora de valorar el reinado de Felipe II y su política en Europa.
La sesión de la mañana finalizó con una exposición sobre la embajada extraordinaria del III marqués de los Vélez en el Imperio y Polonia (1572-1575), por Raimundo A. Rodríguez Pérez, de la Universidad de Murcia. Pedro Fajardo y Fernández de Córdoba fue adelantado mayor y capitán general del Reino de Murcia. Residió en la corte hispana desde 1550, siendo miembro de los Consejos de Estado y Guerra de Felipe II. Entre los años 1572-1575 estuvo en el Imperio y en Polonia en misión diplomática por encargo del Monarca hispano. Durante esos tres años, pudo comprobar la política ofensiva del emperador Maximiliano II, quien miraba con recelo a sus parientes españoles. A su regreso, informó a la Corte de su embajada europea, pero al poco tiempo enfermó, falleciendo en 1579.
Por la mañana, en la Sala B, hubo una sesión presidida por el Prof. Dr. Friedrich Edelmayer, de la Universidad de Viena, sobre las relaciones diplomáticas entre el Imperio y la Monarquía Española a través de los embajadores Guillén de San Clemente y Baltasar de Zúñiga y los hermanos Savelli. También se habló sobre la relación de los reyes españoles con la Casa de los Vasa, y se terminó con una exposición sobre las obras de Calderón en el teatro imperial de Viena. Comenzaba la sesión Ignasi Fernández Terricabras, de la Universidad Autónoma de Barcelona, con un análisis de la política conciliar de Felipe II y de los emperadores Fernando I y Maximiliano II. Fernández Terricabras se centró primero en las diferentes posiciones del Rey español y de Fernando I sobre la reanudación del Concilio de Trento, suspendido en 1552. Felipe II sólo quería que se iniciara de nuevo el Concilio si se recuperaban los decretos ya aprobados. El Emperador, por el contrario, reclamó que no se tuviera en cuenta lo ya discutido, y además propuso celebrarlo en un lugar que no fuera Trento, para dejar clara la ruptura con el Concilio anterior. Sus reticencias respecto al Concilio se explican por su temor a que éste pusiera en peligro la paz religiosa del Imperio. El papa Pío IV, finalmente, se inclinó por Felipe II, y decidió celebrar el Concilio en Trento, confirmando los decretos ya aprobados. En el Imperio se preveía que el Concilio no serviría para lograr la unidad y, como consecuencia, no acudieron protestantes ni católicos del Imperio, sólo un obispo alemán.
En 1563, el Concilio parecía colapsar, y conducir de nuevo hacia una suspensión, por la imposibilidad de superar las diferencias entre curialistas y obispos españoles. Ante esta situación, Pío IV intentó salvar el Concilio mediante una maniobra del cardenal Morone, quien acudió a Innsbruck para ofrecer una serie de concesiones al Emperador, quien las recibió con aprobación. Esto marginó la posición de Felipe II y los obispos españoles. Los acuerdos del Concilio, finalmente, no fueron firmados por el conde de Luna. Esta actitud de Felipe II no fue perdonada por Pío IV, quien siempre se quejaría del abandono de Felipe II del Concilio. En el período postconciliar nuevamente se manifestaron importantes divergencias entre una política conciliadora del Emperador frente a los protestantes y la intransigencia del Felipe II. Así, el Rey español consideró inaceptable que los laicos comulgasen con el cáliz y se opuso frontalmente a una dispensa del celibato, pedida por Maximiliano II. Frente al argumento imperial de que sólo una mayor condescendencia podría evitar que el catolicismo se perdiera en el Imperio, Felipe II sostenía que no se obtendría ninguna ventaja de estas concesiones, que esto solo conduciría a que los protestantes las considerasen un reconocimiento de que la Iglesia había errado.
Seguidamente, Rubén González Cuerva, de la Universidad Autónoma de Madrid, enfatizó la importancia de los embajadores españoles como creadores de política y elementos de acercamiento entre las dos ramas de la dinastía con el caso de Baltasar de Zúñiga. Este ministro ha sido tradicionalmente señalado como el principal instigador para que Felipe III se embarcara en 1618 en la Guerra de los Treinta Años, pero la ponencia se centró en los orígenes de esta nueva política de implicación en Centroeuropa, situándola en la entrada de la Monarquía hispana en la Liga católica del Imperio y el proceso de negociación que llevó a ello entre 1609 y 1610. Ante la grave crisis dinástica que se vivía en el Imperio con la decadencia de Rodolfo II y el temor a que los protestantes se hicieran con el poder, el embajador Zúñiga superó la prudente política tradicional para promover una alianza bélica católica, que había sido auspiciada por el duque de Baviera, pero que la intervención española dotó de nuevo contenido y un mayor compromiso en la defensa de la Casa de Austria frente a sus enemigos protestantes. El envío de Lorenzo de Bríndisi a Madrid para convencer a Felipe III de este giro estratégico se sitúa en la nueva política católica nacida en la Corte española tras las treguas de 1609, y es simultánea a otros jalones como la expulsión de los moriscos y el plan de conquista de Larache. De este modo, la entrada en la Liga Católica no solo marcó una nueva política más ofensiva en los asuntos del Imperio, sino que mostró los límites que la política de “Pax hispana” tuvo desde sus orígenes.
Su antecesor como embajador en Praga fue Guillén de San Clemente, que era el tema de la ponencia de Javier Arienza Arienza, de la Universidad de Szeged, Hungría. Guillén de San Clemente, de origen catalán, estuvo en Praga desde 1581 hasta su muerte en 1608, una embajada extraordinariamente larga, más teniendo en cuenta que estuvo muy a su pesar en la Praga protestante. Durante su embajada estuvo implicado en la lucha entre los hermanos Rodolfo II y Matías, en la pugna por el trono polaco, y era testigo y cronista de la Guerra de los Quince Años (1593-1606). Esta guerra tenía una gran importancia para la Monarquía católica, como lucha entre la cristiandad y el Islam.
Cecilia Mazzetti di Pietralata, de la Bibliotheca Hertziana de Roma, habló sobre los hermanos Paolo y Federico Savelli, quienes simultaneaban sus cargos en la Iglesia en Ferrara y Bolonia con los de embajadores del Emperador en Roma. En la amplia correspondencia que de ellos se conserva, abundan las menciones a sus colecciones de arte y sus gustos estéticos, así como a variados regalos con los que fortalecían sus redes de contactos entre Roma, Ferrara y Viena. Además de los perros y aves de caza, entran aquí los presentes artísticos. Manejaban un conjunto de artistas muy amplio, en que destacó Guido Reni, cuyas obras eran valoradas como regalo de calidad por Trautmansdorf. Asimismo destacaban los regalos musicales, tanto de instrumentos como el envío de dos castrati y otros profesionales. Paolo Savelli tuvo también una relación muy estrecha con Dietrichstein. A esto se puede atribuir la participación de Orazio Gentileschi en la capilla de Franz von Dietrichstein en la iglesia San Silvestro in Capite de Roma, pues era un pintor cercano a Savelli, y estaba muy presente en la galería de la familia en Roma.
Las relaciones entre los reyes polacos de la dinastía de los Vasa y los reyes españoles de la Casa de Austria entre 1598 y 1648 fueron comentadas por Ryszard Skowron, de la Universidad de Silesia. Felipe II dio órdenes en 1587 a Guillén de San Clemente, su embajador en el Imperio, con ocasión de la disputa por la Corona polaca. El rey español se decantó en un principio por la candidatura de su sobrino el archiduque Ernesto de Austria, educado en la Corte española. Sin embargo, finalmente, Segismundo de Vasa ocuparía el trono como Segismundo III. Felipe II siempre guardaría una actitud hostil contra el rey polaco, a pesar de que éste intentó aproximarse a la Casa de Austria, en un intento de dar prestigio a la joven dinastía, que carecía de una posición fuerte en Europa. Felipe III, por el contrario, no tenía ningún prejuicio contra Segismundo. El monarca español le concedió incluso el Toisón de Oro en gratitud por su fidelidad, algo que fue aprovechado por Segismundo para poner de relieve sus vínculos con la rama española de la Casa de Austria.
Además del Toisón de Oro, Segismundo esperaba recibir otras recompensas por su fidelidad, como cargos para sus familiares, y recompensas económicas. Se llegó incluso a barajar un virreinato para su hijo Juan Casimiro. Las buenas relaciones entre los reyes de la Monarquía hispana y la polaca, fueron continuadas después de la muerte de Felipe III. En 1626, cuando el conde de Solre viajó a Varsovia con ocasión de una misión diplomática en relación a la guerra polaco-sueca, éste consideró al príncipe Ladislao uno de los personajes más destacados de la Corte, e intentó basar las relaciones en torno a su persona. Una vez rey, Ladislao IV pidió reiteradamente favores a la corte española, en ocasiones peticiones realmente exorbitantes que nunca fueron concedidas. No se dio cuenta de las difíciles condiciones financieras de la Monarquía hispana.
La sesión terminó con una exposición de Andrea Sommer, de la Österreichische Akademie der Wissenschaften, sobre Calderón y el teatro imperial en Viena. En 1631, la reina de Hungría, María, preparó en Viena la representación de “El Vellocino de Oro”, de Lope de Vega. Como drama mitológico era una obra adecuada para una fiesta cortesana, en este caso el cumpleaños de Fernando III. Se imprimió el texto y un libreto en italiano para quienes no sabían español. No se introdujeron nuevas obras españolas hasta 1666, con motivo de la boda de Leopoldo I y Margarita de Austria. En los años posteriores se representaron varias comedias españolas, sobre todo de Calderón de la Barca. Pronto, el Emperador se quejó de que los españoles con sus espectáculos querían hacer una Corte a la española.
No obstante, el Emperador era un gran admirador de Calderón, y pidió su obra “Celos aun del aire matan”. En Viena triunfaba la ópera italiana desde hacía décadas, introducida por las dos emperatrices llamadas Leonor Gonzaga, lo que explica que Leopoldo pidiera a Madrid un drama musical, no una comedia teatral, que no era tradición en Viena. Sin embargo, la obra no se representó, pues la partitura no llegó y, posiblemente, los actores y músicos tenían problemas para interpretarla. “Amado y aborrecido” se representó por primera vez, por miembros del séquito de la Emperatriz, para el décimo aniversario de la boda de Leopoldo y Margarita. Desde entonces, con motivo de la celebración de los cumpleaños de Mariana de Austria, el 22 de diciembre, la representación de una comedia española se convirtió en una tradición en la Corte de Viena. La tradición no fue continuada después de la muerte de Margarita de Austria en 1673. Esto no significó la desaparición de la influencia cultural española, pues Leopoldo siguió requiriendo a sus embajadores noticias sobre las representaciones teatrales en Madrid y adquiriendo las obras impresas, aunque no se representaran. Gracias a ello en la Biblioteca Nacional de Austria se conservan importantes fondos sobre el teatro español del siglo XVII.
Por la tarde, el tema de las conferencias en la Sala A, presidida por el Prof. Dr. Manuel Rivero Rodríguez, de la Universidad Autónoma de Madrid, fueron las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio en la Guerra de los Treinta Años. Luis Tercero, de la Universidad de Viena, explicó que la Paz de Westfalia quedó inconclusa, por la retención en manos españolas de la Ciudadela de Frankenthal, una estratégica fortaleza en el corazón del Imperio y en medio de un mar de baluartes franceses y suecos. Esto era un importante escollo para la implementación de la paz. En el inicio de la Paz de Westfalia se vio la división entre las dos ramas de la Casa al negociar Fernando III por su cuenta, abandonando a Felipe IV en la guerra. No hubo un acuerdo entre España y Francia y, de esta manera, quedó en evidencia la fragilidad de los acuerdos alcanzados. Sin embargo, las posiciones españolas se fortalecieron por la Fronda, los éxitos militares en Flandes y Cataluña, el inicio de la guerra anglo-holandesa y las relaciones amistosas con la Inglaterra de Cromwell. Esto permitió negociar la cesión de Besançon a la Monarquía Católica, y a cambio se efectuó la restitución de Frankenthal y la Paz de Westfalia pudo concluirse.
Fernando Negredo del Cerro, de la Universidad Carlos III, planteaba la hipótesis de que, ante la situación internacional en el año 1631, la Monarquía no pudo hacer uso de todos sus recursos para resolverla debido a la debilidad del sistema de valimiento. En 1632, Olivares debía enfrentar la oposición de las Cortes, de la alta nobleza, del Consejo de Castilla, y de importantes sectores dentro de la Iglesia. A los eclesiásticos consideraba el valido como “caudillos de todas las sediciones”, en defensa de sus intereses estamentales, o los de sus patronos aristócratas y embajadores. Además, la Monarquía debía hacer frente a la actitud antihabsbúrgica del papa Urbano VIII. En esta coyuntura, aunque se ensayaban estrategias de presión sobre Roma, finalmente se prefirió mantener una actitud más cauta. Esta actitud ha sido tradicionalmente atribuida a la religiosidad o pusilanimidad del rey. Sin embargo, el ponente explicó que el peso de la política interior y la propia situación del valido y su círculo deben tenerse en cuenta para entender la toma de decisiones poco audaces, que finalmente conducirían a una derrota final de los Habsburgo.
Uno de los temas principales de la historia europea se centra en las relaciones entre las dos grandes autoridades de la Cristiandad, el Papa y el Emperador, con toda la lucha de fuerzas entre el poder espiritual y el temporal, explicaba David García Cueto, de la Universidad de Granada. En dicho contexto cobraron especial importancia las figuras de los embajadores como agentes que pusieron en relación ambas cortes. Durante la primera mitad del siglo XVII fue la familia Savelli quien desempeñó el papel de embajadores del Imperio en la Roma papal. García Cueto destacó el papel de Federico Savelli, quien siendo embajador imperial en Roma, también colaboró con la rama de los Austrias hispanos ante el Pontífice. Otro importante embajador imperial en la Corte de Roma fue Theodoro Ameyden (1586-1656), al que tampoco se ha valorado su defensa de los intereses, no sólo de Viena sino también de Madrid en la corte papal. Ambos embajadores deben ser estudiados desde un punto de vista hispanófilo para entender sus misiones diplomáticas en Roma.
En la sala B, presidida por el Prof. Dr. Silvano Giordano, se trataron las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio a través de las redes clientelares en Bohemia, la figura del Cardenal Pázmány, y se terminó con un análisis del gobierno de Carlos VI en los Países Bajos meridionales. Pavel Marek, de la Universidad de Bohemia del Sur, habló de Sdenco Adalberto Popel de Lobkowicz, un cliente español en la Corte imperial. La familia Popel de Lobkowicz formaba como los Dietrichstein y los Pernstein parte de la red clientelar de los monarcas españoles en el Imperio, y constituía un importante pilar de la política española en Europa central. Sdenco Adalberto, educado en un colegio de jesuitas, sería uno de los nobles que, con su ideología contrarreformista, supo ganar la confianza tanto de Felipe II como de Felipe III. Sus vínculos con la Corte española se establecieron en sus viajes a España. Así, cuando visitó España en 1589, hizo sus primeros contactos personales en la Corte de Madrid, y fue recibido por el rey, Posteriormente, en 1595, cuando acudió a Madrid como embajador extraordinario de Rodolfo II, volvió a ver a Felipe II, cuando éste le concedió una larga audiencia.
En 1599, gracias a la intervención del embajador en Praga Guillén de San Clemente, recibió los frutos de su lealtad al Rey Católico con el nombramiento como Gran Canciller del Reino de Bohemia. Por otra parte, Popel de Lobkowicz pudo ampliar sus contactos con las estirpes mediterráneas gracias a su matrimonio en 1603 con Polixena, hija de Vratislao de Pernstein, quien había sido una de las damas de la Corte de la Emperatriz María. En 1612, cuando Matías ascendió al trono imperial, se temió la destitución del noble bohemio como Gran Canciller. Sin embargo, gracias a la intervención de Baltasar de Zúñiga, sucesor de Guillén de San Clemente, fue mantenido en su oficio. Uno de los éxitos del Gran Canciller fue su intervención por la coronación de Fernando de Estiria como rey de Bohemia en 1617. Popel de Lobkowicz fue elevado a la dignidad principesca en 1624, gracias a la intercesión de Felipe IV. La pertenencia a la red de los reyes españoles era hereditaria. Frecuentemente, después de la muerte del noble, su mujer e hijos recibieron una pensión. El soberano no sólo mostraba de esta manera su gratitud, sino también esperaba que la lealtad continuara.
Los antecedentes del viaje del cardenal de Pázmány a Roma en 1632, cuyo papel en la polémica sobre la obligación de residencia de los obispos había sido analizado por Pétér Tusor, fue el tema de la exposición de Tibor Martí de la Universidad católica Péter Pázmány de Budapest. El viaje del prelado a Roma fue un proyecto de la diplomacia española para servir a sus intereses. Pázmány fue una figura protagonista de la Contrarreforma en Hungría, además de ejercer una considerable influencia cultural. A comienzos de la década de 1630, el papa Urbano VIII seguía una política neutral en la Guerra de los Treinta Años, favorable a Francia, mientras la Casa de Austria procuraba moverle a apoyar y alentar al bando católico. Para ello se envió al cardenal Harrach en 1632 a Roma, y luego a Pázmány.
Desde 1624, Olivares desarrolló una política de Liga con la rama austriaca para vencer a Holanda. En 1629 se estaba cerca de una nueva tregua con los Países Bajos, y Felipe IV pidió a Fernando que se mandara a Roma a los cardenales imperiales para afianzar el partido Habsburgo, a lo que el Emperador se negó. Pázmány fue entonces mencionado, y se fue destacando en el servicio a España con su fuerte ayuda para la elección de Fernando como rey de Hungría, por lo que se le recompensó con una buena pensión, cuyo pago fue irregular. A comienzos de 1630, Olivares urdía en Madrid a la vez la formación de la Liga con Austria y presionaba para que el Emperador revocara el Edicto de Restitución. El objetivo del viaje de Pázmány fue promocionar esta alianza en Roma, lo cual se explica por la convergencia de intereses y esfuerzos entre Madrid y Viena.
Klaas van Gelder, de la Universidad de Gante, habló sobre el Emperador Carlos VI y los Países Bajos meridionales (1716-1725). Explicaba que la estructura de poder español que el nuevo régimen austriaco encontró fue importante pero que no debe ser sobrevalorado. Entre 1700 hasta 1706 existió en Flandes un régimen angevino bajo Felipe V, que se vio sustituido por un condominio anglo-batavo, hasta que la Paz de Utrecht (1713) atribuyó el territorio al Emperador. Éste no pudo tomar el poder hasta el Tratado de Barrière de 1716. La idea de continuidad la ofreció Carlos VI adoptando las Columnas de Hércules como emblema.
El principal objetivo austriaco fue desmantelar el régimen angevino, anulando las mercedes y honores que Felipe V había concedido. Esto se completó con la confiscación de bienes y exilio forzado de los colaboracionistas, pues se dudaba de su fidelidad hacia el Emperador. A pesar de esta política, el nuevo régimen mantuvo e imitó las reformas angevinas. Los Consejos Colaterales quedaron fundidos en un Consejo Real con funciones de finanzas y policía. En 1718 se fundó también un nuevo Consejo de Estado, y se intentó mantener a sus intendentes. Quedaron unidas las Cámaras de cuentas de Flandes y de Brabante. Respecto al modelo español antiguo, el angevino resultaba más económico, ejecutivo y práctico. A pesar de ello la legitimidad se fundó y reclamó sobre la tradición Habsburgo española.
La conferencia final estuvo a cargo de Gianvittorio Signorotto de la Universidad de Módena. Para comprender la Europa de la segunda mitad del siglo XVII es necesario no perder de vista la perspectiva de las tres cortes, Madrid, Viena y Roma, sin menospreciar el papel de Francia en este complejo triángulo. En 1640 el concepto de “crisis” invadió todo el campo católico. Durante la segunda mitad del XVII estuvo claro que una acción común entre las cortes de Viena, Madrid y Roma parecía imposible. Roma trató en todo momento de contrarrestar los poderes entre las monarquías hispana y francesa, emergiendo ella por encima de ambas cortes enfrentadas. Nunca Roma llegó a ser española, ni siquiera con Felipe II, tampoco llegó a ser francesa, supo, por tanto, jugar con el poder de ambas monarquías. El año de 1660 marcó el fin de la Europa Católica. A partir de la década de 1660 los acontecimientos parecen dar un giro en este triángulo. Una hija de Felipe IV, Margarita Teresa, contrajo matrimonio con el emperador Leopoldo I, con bendición del Pontífice, no obstante, al poco tiempo, por muerte de la joven emperatriz, las alianzas se destruyen. Por otra parte, cuando el nuncio Carlo Bonelli pidió a la Monarquía española ayuda ante el ataque francés, recibió una respuesta negativa, lo que encendió el recelo del Pontífice a la política de Felipe IV, y empeoró las relaciones con España pero a la vez, provocó que Roma se centrase en el Imperio. La radical ofensiva religiosa de la Pietas Austriaca de los emperadores en sus territorios, contó en todo momento con el apoyo de Roma. El cierre de este recorrido histórico entre las tres cortes, Viena, Madrid y Roma se encuentra en los años entre el fin de la Europa Católica (1660) y la modernidad. Años que tuvieron como protagonistas la crisis de la conciencia y el fin de la armonía europea.
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(1) El autor agradece la colaboración de Diana Campóo, Rubén González, Esther Jiménez, y Marcelo Luzzi.
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Cómo citar esta crónica:
VERSTEEGEN, Gijs: “Congreso Internacional La Dinastía de los Austria: Las relaciones entre la Monarquía Católica y el Imperio” (crónica congreso), en Librosdelacorte.es, Núm. 1, Año 2, primavera, 2010, ISSN: 1989-6425 (edición impresa, pp. 44-56).
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